Enlaces   Contacto    
Portada Refugiados Ocupación Prisioneros

Artículos Reportes Entrevistas Declaraciones Documentos Galería Multimedia

Sitio de la Estrella
La Web
 
 
 
 
 
 
 
 
OCUPACION
 
Masacre de Tantura: TESTIMONIOS
Palestine Remembered/Journal of Palestine Studies / mayo 2011

 

Muhammad Abu Hana, nacido en 1936, residente del campamento de Yarmuk 
 
Nos despertamos en medio de la noche por disparos de armas de fuego pesadas. Una mujer comenzó a gritar y corrió fuera de la casa llevando a sus hijos, y la gente se reunió en varios lugares del pueblo.

También yo dejé la casa durante los combates y me dirigí por las calles tratando de ver lo que estaba pasando. De repente una mujer me gritó: "Tu tío está herido! Rápido, trae un poco de alcohol!" Vi a mi tío con una herida en su hombro y la sangre brotaba  como de una fuente. Como yo era chico, no sabía del miedo. Tomé una botella vacía y corrí hacia la clínica. La enfermera, una cristiana de la aldea llamada Zahabiyya, llenó la botella con alcohol y corrí de nuevo hacia mi tío. Las mujeres limpiaron la herida y lo llevaron a nuestra casa, donde lo escondimos de los israelíes, en el granero.

Pero los soldados vieron el rastro de sangre y de pronto irrumpieron, preguntando a mi abuelo dónde está mi tío. Mi abuelo dijo que no sabía. Se fueron pero volvieron varias veces con la misma pregunta. En algún momento mi tío, que estaba con dolor, pidió un cigarrillo, y mi abuela le dio uno. Cuando los soldados regresaron de nuevo, el olor del  tabaco los guió hasta él. Lo agarraron y se lo llevaron. En el camino insultaron a mi abuelo, gritando que era un mentiroso, y él contestó que él sólo había intentado defender a su hijo, como cualquier persona haría.

Mi tío sobrevivió gracias a la intervención del mukhtar de Zichron Yaacov. Tuvo buenas relaciones con mi abuelo, que fue  mukhtar de Tantura.

Por la mañana, los disparos habían cesado y los atacantes rodearon todo hasta la playa. Ellos agruparon a las mujeres y los niños por un lado, los hombres por el otro. Registraron a los hombres y les ordenaron mantener sus manos sobre sus cabezas. Mujeres soldados registraron a las mujeres y tomaron todas sus joyas, que colocaron en el casco de un soldado. No devolvieron las joyas cuando nos expulsaron hacia Furaydis. Durante toda la operación, los barcos militares estaban en alta mar.

En la playa, los soldados llevaron grupos de hombres fuera, y se escucharon disparos de armas de fuego después de cada salida.

Hacia el mediodía nos llevaron a pie a un huerto, al este de la aldea, y vi cuerpos amontonados en una carreta tirada por hombres de Tantura que vaciaron su carga en un gran hoyo. Luego llegaron los camiones y las mujeres y los niños subieron a ellos y fueron conducidos a Furaydis. En la carretera, cerca de las vías férreas, otros cuerpos estaban esparcidos alrededor.

 

Muhammad Ibrahim Abu Amr, nacido en 1935, residente del campamento de Yarmuk

Nos habían reunido en el centro del pueblo, en la casa de Mahmud Hajj al-Yahya. Cuando el pueblo cayó y los soldados entraron, nos llevaron como ganado hasta la playa. En el camino, cerca de la casa de Badran en la calle principal de la mezquita, conté los cuerpos de siete jóvenes de la aldea.

Una mujer, Izzat Ibrahim al-Hindi, comenzó a gritar horrorizada por lo que vió, pero una ráfaga de disparos la hizo callar. Esta mujer era la madre del mártir Abd al-Wahhab Hassan Abd al-Al, que había sido asesinado a finales de 1947 por las bombas colocadas por los judíos en el mercado de Haifa.

Cuando nos cargaron en los camiones, vimos cuerpos amontonados a lo largo de la carretera, apilados como la madera. Una mujer reconoció a su sobrino entre los muertos -Awad Abu Muhammad Idriss-. Ella empezó a gritar. No sabía aún que sus tres hijos se habían reunido en el mismo destino. Sus hijos, Ahmad Sulayman, Khalil y Mustafa, han sido asesinados, pero sólo lo supo más tarde, en el exilio. Aunque la madre siempre se negó a creerlo e insistió en que habían escapado a Egipto y volverían a encontrarla algún día. Pasó el resto de su vida esperando por ellos.

 

Amina al-Masri (Umm Mustafa), Tamam al-Masri (Umm Sulayman), nacidas en 1925 y 1927, respectivamente, residentes del barrio Qabun de Damasco

Desde el momento en que la aldea de Kafr Lam fue capturada después de la caída de Haifa, empezamos a temer un ataque en Tantura. La noche del asalto, los hombres estaban en guardia en las diversas entradas de la aldea, pero estaban mal armados. Escuché disparos de armas de fuego y pensé que procedían de al-Bab [la puerta], es decir, del sureste de la aldea. Desperté a mi marido. Al principio pensé que estaba soñando, pero los disparos aumentaron y sonaron cada vez más fuerte, y hubo explosiones y todo. Vinieron de la colina de Umm Rashid en el sur y desde al-Burj [la torre], por la costa al norte, donde están las ruinas romanas. Sacamos a los niños y corrimos a la casa de mis padres. Ellos estaban aterrados. Los disparos cesaron un poco  y la gente pensó que la batalla había terminado. ¡Qué ingenuos fuimos! Khalid Abu Abd al-Al incluso creía que el ataque judío había sido contrarrestado, y gritó, "¡ganamos!" Unos minutos más tarde los disparos se reanudaron con gran intensidad, acompañado por bombardeos. La gente empezó a correr en todas direcciones gritando, "Los judíos entraron a la aldea! Los judíos están en el pueblo!"

Por la mañana, cuando se nos condujo a la playa, ví cuando mataron a Fadl Abu Hana en el lugar conocido como la Marah. Fadl fue desarmado, él llevaba una chaqueta caqui. Ante nuestros ojos, tomaron a un grupo de hombres y los apartaron, les dispararon a todos menos a uno. Al que le dijeron: "Vaya a decirles a los demás lo que vió."

En su búsqueda de dinero y oro, buscaron incluso en los pañales de nuestros bebés y cuando una pequeña niña se atrasó en una pendiente, una mujer soldado la arañó y la pequeña comenzó a sangrar.

A continuación nos llevaron como si fuéramos ganado, a un terreno que pertenecía a la familia Dassuki. Tuvimos allí que caminar descalzos sobre piedras y zarzas y luego nos cargaron en camiones que nos llevaron a Furaydis. Allí, mi abuelo, Hajj Mahmud Abu Hana, envió a una de sus hijas a buscar un sudario a  Ayn Ghazal ó Ijzim, su sensación era que su hora había llegado. Ella no pudo encontrarlo en ninguno de los dos lugares y regresó con las manos vacías. Pero él ya había preparado su último aliento, después de prosternarse dos veces y leer los versos del Corán, invocó al Todopoderoso para que no lo deje morir fuera de Palestina. Entonces encontró un cubrecama, nosotros lo abrimos y quitamos el relleno de lana para hacer un sudario con la tela y envolverlo en ella para su entierro.

En Furaydis, un vehículo militar conducido por una mujer soldado atropelló a propósito a una mujer de Tantura, Amina Mohammed Abu Umar, la esposa de Falih al-Sabi, quien volvía de su terreno con un fardo de trigo sobre la cabeza para alimentar a sus hijos. Una mujer que presenció la escena se apresuró a sacar el cuerpo de la mujer muerta, fuera de la carretera.

Otro vehículo apuntó hacia ella. Pero ella se perdió, corría más rápido que la otra mujer. 
Ese día, me dije que el final de los días había llegado y que ninguno de nosotros podría sobrevivir a eso.

Hemos pasado un mes en Furaydis. Un niño nació allí, el primer hijo de Tantura nacido después de la masacre. La familia, de Abu Safiyyas, había perdido la mayor parte de sus hombres el día en que el pueblo cayó
 

Farid Taha Salam, nacido en 1915, residente del barrio Qabun de Damasco 
 
Después que escuchamos la noticia de que Haifa y los pueblos de los alrededores habían caído, hicimos una colecta para la compra de armas. Lo que había era unos fusiles y un arma automática, una Brenn. La mayoría de las armas eran inglesas, las armas que habían sido propiedad de la policía desmovilizada por los  ingleses. También teníamos algunas armas de caza.

Nos habíamos  organizado para montar guardia nocturna, pero había más hombres que armas. Los puestos de guardia fueron Qarqun, Talat Umm Rashid, la torre de agua, la iglesia, al-Bab, al-Burj, y al-Warsha. En cada puesto de observación, sólo había unos cuantos hombres, tantas como fueron las armas. Nuestra formación no iba más allá del montaje y desmontaje de fusiles y los que dominaban esta habilidad se los veía prácticamente como profesionales. Los mejores eran los que habían servido en la policía Inglesa.

Cuando comenzó el ataque, nuestros guardias respondieron al fuego hasta que se quedaron sin municiones. Debido a nuestra falta de experiencia, una gran cantidad de municiones se desperdiciaba con disparos demasiado rápidos. La mayoría de los defensores retrocedieron hacia el centro del pueblo, mientras que otros lograron salir de Tantura por completo, y un tercer grupo no abandonó sus puestos hasta que fueron martirizados en el acto o tomados prisioneros y luego liquidados.

La población fue rodeada por los invasores. Grupos de hombres fueron conducidos fuera, uno por uno y no sabíamos lo que les sucedería. Yo recuerdo que en el último grupo conté unos cuarenta hombres. Taha Mahmud al-Qasim fue uno de los que regresaron con vida. Nos dijo que un judío  preguntó a su grupo "¿Quién habla hebreo?" Cuando Taha dijo que sí, el judío dijo: "Mira cómo estos hombres mueren y ve a decirles a los demás." Luego alinearon a los demás hombres contra la pared y les dispararon.

Más tarde, Yaacov, que era el mukhtar de Zichron Yaacov, llegó a la playa donde estaban celebrando. Mi padre, que lo conocía, le dijo, "Abu Yussef, el pueblo ha caído, y han tomado todas las armas. ¿Qué más quieres?" Él contestó, "Taha, tenemos que conciliar con la Haganah, a fin de poder detener la lucha."

Más tarde, cuando estábamos presos en el campamento de Sarafand, yo conocí a un joven judío que debe haber tenido alrededor de diecisiete años. Un día le dije, "¿de dónde eres? ¿Por qué has venido a Palestina?" Me dijo que había llegado de Rusia y añadió: "Si alguien escucha que ahora tiene un estado, ¿quién no se apresura a ir allí?" Luego recordó a Rothschild, que había visitado Tantura un día en el decenio de 1920. Cuando encontró sólo árabes allí, reprochó a los judíos de Zichron Yaacov porque no habían tenido éxito en comprar algo de la tierra de nuestro pueblo. Incluso Musa, que era judío, que había llegado a nuestro pueblo, que había vivido allí, trabajó la tierra, construyó una casa allí y lo llamaban "Musa el Tanturi",  incluso él se fue porque se sentía como un extraño entre nosotros.

 

Musa Abd al-Fattah al-Khatib, nacido en 1924, residente del campamento de Yarmuk

La noche del 23 de mayo de 1948, Muhammad al-Hindi, que era el jefe de la guardia de la aldea, me llamó a tomar posición en Dabbit al-Bir, entre la torre de agua y la escuela. Allí encontré a Issa al-Fakhri, que tenía un fusil de caza, Abd al-Jabbar Taha al-Shaykh Mahmud, que tenía un fusil alemán y cincuenta balas, el hijo del mukhtar de Qisarya, también armado con un fusil de caza, y Hasan Faysal Abu Hana, que no llevaba arma.

Yo tenía una pistola Inglesa y setenta y cinco balas. A media noche di mi arma al hombre que vino a sustituirme, y estaba a punto de ir a casa cuando Abd al-Jabbar de repente me dijo que lo sigua y que escuche. Voces hablando en hebreo nos llegaron desde el campo cercano.

Desde nuestra posición nos deslizamos hacia el campo para investigar. De repente, una descarga de fuego sonó desde la torre de agua y Qarqun. Volvimos a nuestra posición rápidamente y comenzamos a disparar hacia el campo en el este.

Después de unos minutos, pensamos que los atacantes se habían retirado. Pero entonces vimos vehículos descargando hombres armados cerca de la escuela y el ataque a esta última posición se inició. Fuimos hasta unas pocas docenas de metros de la escuela y en un momento pensé que nuestra posición  había caído. Luego vi vehículos militares avanzar por el camino de al-Bab.

Abd al-Jabbar y yo pensamos que el pueblo había caído. Fue entonces que Abd al-Rahman Zaydan llegó hasta nosotros con 300 balas, que él me dió. Dejé de  disparar para hacer un balance de la situación. Entonces escuché a Faysal Abu Hana decir a Issa al-Hamdan, "Hermano, estoy golpeado, me estoy muriendo." Sulayman y Ahmad al-Masri llegaron en ese momento y dijeron que iban de vuelta a la aldea para ver lo que estaba sucediendo. Yo les advertí, pero de todos modos salieron y nunca volvieron. Más tarde me enteré que ambos habían sido asesinados.

Pronto, a  Abd al-Jabbar le quedaban sólo cinco balas. Éramos sólo tres ahora, y sólo tenía mi pistola con municiones. Un vehículo blindado comenzó a bajar por un camino de tierra cercano y pensamos que nos verían. Dos hombres bajaron, les disparamos y les pegamos. Un segundo vehículo blindado con una bandera blanca se acercó y trató de recoger los dos cuerpos, pero no podía porque estábamos disparando sobre ellos con nuestra única arma.

Luego, intensos bombardeos comenzaron hacia nuestra posición, y el vehículo blindado se retiró del camino y los campos de arado. Un hombre de la aldea se había escondido entre la  paja, el vehículo aplastó su pierna, pero él ni siquiera gritó para no ser descubierto.

Fue entonces que propuse a Abd al-Jabbar cambiar de posición. Regresamos a la primera colina, donde Issa al-Hamdan se unió a nosotros. Los soldados avanzaban hacia nosotros. Issa me pidió mi arma y me dio la suya, que se había atascado. Traté de hacer que funcione de nuevo, pero no pude. Esa es la razón por la que era Issa el que disparaba.

Poco a poco, fuimos retrocediendo de nuevo hacia la torre de agua. Llegamos a una cueva, donde encontramos a Atiyya Amshawi y Muhammad Shihada. Permanecimos allí hasta las nueve de la mañana, cuando nos fuimos  avanzando hacia la torre de agua a unas pocas docenas de metros de la cueva. De repente oí hebreo y alguien le decía a Abd al-Jabbar "Hands up!". Nos echamos al suelo al instante y logramos llegar a una grieta en la cantera, donde nos escondimos. No podíamos movernos ni ver a los costados. Pero Issa había disparado contra ellos hasta que él se quedó sin municiones. Se le ordenó que alce sus manos y le preguntaron donde estaba el otro pistolero. Dijo que estaba solo. Le preguntaron si él había servido con la policía británica. Él dijo que sí. Luego le ordenaron desvestirse y lo llevaron a un destino desconocido.

Los soldados habían tomado posición a escasos metros de nuestro escondite. Contuvimos la respiración. Al atardecer, dejaron la posición y se trasladaron hacia la torre de agua. Entonces decidimos tratar de ir a la aldea de Furaydis, donde vivía el tío de Abd al-Jabbar.

Ahí es donde nos enteramos de la suerte de nuestro pueblo. Nos quedamos en Furaydis durante tres días, nos llevó un día hasta el Monte Carmelo y a la noche estábamos en el pueblo. Luego nos fuimos para Ayn Ghazal, donde encontramos otros que se habían retirado de Tantura - Ali Taha, Nimr al-Jamal, Mahmud Abd al-Rahim, Yahya al-hindi y Kamil al-Dassuki.

 

Adil Muhammad al- Ammuri, nacido en 1931, residente del campamento de Yarmuk

Un montón de cosas sucedieron antes del ataque a Tantura en la noche del 23 de mayo de 1948. Yo recuerdo sobre todo ver pasar el tren de carga con vehículos blindados, suministros y municiones hacia las colonias de Khudeira, Ramat Gan, y Netanya. Durante el mismo período, unos hombres armados dispararon contra aldeanos de Tantura que trabajaban sus campos. Asad Abu Mdayriss fue asesinado durante uno de esos incidentes.

La noche del ataque, yo estaba en nuestra casa en el centro del pueblo. Intenté ir a la parte sur, pero fui detenido por fuego de ametralladora. La gente se acercó en seguida, ancianos y niños, pidiendo a Dios que nos conceda la victoria. No estaban tanto en un estado de pánico sino más bien confundidos, sin saber qué hacer y lo que realmente sucedía.

Durante los enfrentamientos anteriores, los aldeanos del distrito de Haifa habían ido en ayuda de los demás. Esta vez, gracias a Dios que los pobladores vecinos no vinieron, porque hubieran sido reducidos por las bandas israelíes en todos los caminos que conducen a nuestro pueblo. Más tarde me enteré que los habitantes de Jaba y de Ayn Ghazal habían tratado de llegar en nuestra ayuda, pero no pudieron llegar a la aldea.

Cuando nos rodearon en la playa, los judíos nos preguntaron, "¿Hay algún sirio entre vosotros? ¿Han recibido ayuda de Siria desde el mar?"

Una vez que fuimos capturados, nos llevaron al campamento que se había establecido en Umm Jalid. Más tarde nos transfirieron al campo de prisioneros de Jalil, donde un representante de la Cruz Roja registró nuestros nombres y nos informó de nuestros derechos como prisioneros de guerra. Los soldados entonces nos hicieron cosechar los campos árabes en nombre de un contratista del ejército judío. Ellos nos pagaron con cupones con los que se podían obtener alimentos en la cantina. Esto nos permitió satisfacer nuestra hambre, porque nuestras raciones diarias de prisiones fueron deplorablemente insuficientes. Un día, varios autobuses llegaron al campamento cargados de hombres. Los hicieron a bajar a beber del único tanque de agua en el campamento. Debido a que la sed era muy intensa, fueron empujando y empujando para llegar al grifo. Los soldados abrieron fuego contra ellos y la sangre se mezcló con el agua. Decenas de hombres cayeron muertos ante nuestros ojos. Más tarde supimos que esos hombres eran de Lydda y Ramla.

Al salir del campamento hacia el exilio, tuvimos que recorrer la distancia entre  Wadi al-Milh y Jinin, a pie. Vi numerosos cadáveres de árabes a lo largo de la carretera.

 

Mahmud Nimr Abd al-Muti, nacido en 1930, residente del campamento de Yarmuk 
 
Mi padre y yo nos turnamos para hacer guardia. La noche del ataque, era el turno de mi padre, apostado en Qarqun, al sur de la aldea. Cuando comenzó el ataque salí de la casa y la gente, en grupos, corría en todas direcciones. Corrí a lo de Muhammad Shihada cerca de la Marah. Él me dio su fusil y me dijo que nuestra posición en al-Warsha aún no había caído. Corrí a unirme a los defensores.
 
En la carretera, mi tío me detuvo y me dijo que al-Warsha había caído. Regresamos a la aldea, y él escondió mi arma en una planta de tomate de la huerta de nuestra casa. Cuando estábamos saliendo nos topamos cara a cara con soldados israelíes. Ellos nos registraron  y confiscaron mi tarjeta de identidad y siete libras palestinas. Luego nos llevaron con los demás presos para enterrar a nuestros mártires, uno de los cuales era Mustafa al-Salhud. Más tarde me enteré que ya habían matado a sus dos hermanos. Uno de los que se había salvado fue Taha Muhammad Abu Safiyya, pero cuando lo enviaron de vuelta, su cabello se había puesto blanco, a pesar de que tenía sólo dieciséis años. En la carretera que conduce al cementerio, vi una serie de cuerpos que no fui capaz de identificar. 
 
También recuerdo ver a un anciano de la familia Yahya conocido como Abu Rashid. Él había sido gravemente herido y estaba apoyado contra una pila de cañas de azúcar. Murió sentado y parecía que estaba vivo, parecía estar sonriendo. Yo vi a uno de los soldados judíos sacarle una foto. 
 
Más tarde, nos llevaron desde el campamento en Umm Khalid al campo de prisioneros de Jalil, donde explotaron nuestra mano de obra para realizar la cosecha. Algunos de los grupos que enviaron a trabajar en los campos nunca regresaron. Un día mientras estábamos aún en la región del campamento de Umm Khalid recibimos la orden de cavar un gran hoyo y lo hicimos a punta de pistola. Los soldados judíos fueron a hablar entre ellos, en hebreo, y algunos de nosotros entendimos que tenían la intención de terminar con nosotros. Uno de nosotros se dirigió al comandante del campamento para hablarle, éste de inmediato sustituyó a nuestros guardias. 
 
Un día nos llevaron a la aldea de Qaqun, donde el hedor de los cadáveres era aplastante. Comenzamos a cavar un agujero para enterrar a los muertos, pero de repente una cáscara de mortero iraquí aterrizó cerca, los iraquíes estaban a cinco kilómetros de allí. Un soldado judío fue asesinado. Yo mismo fuí alcanzado por la metralla, pero no me dí cuenta de lo mal que estaba hasta que Issa Abd al-Al me dijo que estaba sangrando mi mano, el pecho y el hombro y ahí perdí la consciencia. 
 
Ellos me atendieron, junto con sus heridos y enyesaron mi brazo. La Cruz Roja nos visitó un poco más tarde en el campamento. Me preguntaron acerca de mi herida. El hombre a cargo del campamento, cuyo nombre era Punstein, dijo que fui herido mientras luchaba contra sus hombres en Tantura. Sin embargo, el delegado de Cruz Roja no quedó satisfecho con su respuesta y preguntó si alguno de nosotros hablaba Inglés, y Fuad al-Yahya le dijo lo que realmente sucedió. 
 
La Cruz Roja entonces me dijo que yo iba a ser liberado, al principio no lo creí. En cuanto a Fuad al-Yahya, fue castigado por hablar. 
 
Los hombres de Tantura comenzaron a escribir cartas a sus seres queridos. Pero yo quedé perplejo- ¿dónde íbamos a ocultar todas esas cartas? Mi ropa estaba hecha trapos y el único bolsillo era pequeño. Uno de mis compañeros sugirió usar el yeso de mi brazo y ahí es donde escondimos las cartas. 
 
La Cruz Roja se me acercó y me preguntó por las fuerzas iraquíes. ¿Cuántos iraquíes han sido asesinados en Qaqun? ¿Cuántos tanques tienen los judíos? ¿Cuántas ametralladoras? ¿Cuántas piezas de artillería? 
 
Tenía miedo de que descubran las cartas, ya que era muy fácil ser acusado de espionaje o de trabajar con el "enemigo". Una vez que me liberaron, pude ocuparme de enviar las cartas, una por una. Me quedé en Jordania en 1949, y luego fuimos trasladados a Siria.

 

Yusuf Salam, nacido en 1924, residente del campamento de Yarmuk

Una semana antes del ataque, mi hermano Mustafa y mi primo Muhammad, que se encontraban con algunos de nuestros parientes en Kafr Lam, fueron asesinados por los judíos en un ataque contra la aldea. Mi padre fue herido mientras trataba de traer de vuelta sus cuerpos. 
 
Me despertó el sonido de las balas. Le pregunté a mi tía, que se alojaba con nosotros para cuidar de mi padre herido, lo que estaba sucediendo. Ella dijo: "No te preocupes, no es muy grave." 
 
Yo los vi entrar en el pueblo y cuando colgaron una bandera blanca del minarete de la mezquita, mataron a todos los hombres que se cruzaron en su camino. 
 
Mientras éramos retenidos en la playa, y después de haber seleccionado un último grupo de alrededor de 40 hombres para su ejecución, el mukhtar de Zichron Yaacov llegó y habló en hebreo a Sansón (el líder de los atacantes) y lo amenazó con darle muerte. Sansón respondió que había órdenes de matar una gran cantidad. Yaacov salió y pronto regresó con una hoja de papel y la entregó a Sansón. Así es como este último grupo, escapó a la muerte. 
 
Además de los cuerpos que vi en la fosa común que había sido cavada en el campo de Dassuki, yo mismo conté veinticinco cuerpos de gente de nuestro pueblo. 
 
En Umm Jalid, la aldea abandonada que ellos transformaron en un campo de prisioneros, algunas personas de Zichron Yaacov vinieron un día y trataron de convencer al jefe del campamento, cuyo nombre era Ashkenazi, para que nos tratara más amablemente y con menos insultos y humillaciones, pero se negó a escuchar y los echó. Eso fue en Umm Jalid.

Arif Salam y Muhammad al-Malah lograron escapar, entonces decidieron castigarnos colectivamente. Fuimos luego trasladados a Jalil. Un día, un soldado empezó a disparar y mataron a un número de presos. Yusuf Abu Ajjaj fue una de las víctimas. Más tarde nos enteramos que el soldado quería vengar las pérdidas israelíes en la batalla de Tirat Bani Saeb contra los iraquíes. 
 
En otra ocasión, los guardias llegaron muy nerviosos. Un grupo de Irgun quería ocupar el campamento para liquidar a todos los prisioneros árabes. Recuerdo las palabras amenazantes entre gente de la Haganah y el Irgun, a la entrada del campamento. 
 
Cuando me enteré por mis compañeros que los judíos estaban tomando prisioneros para trabajar fuera del campamento y que algunos de ellos nunca regresaron, me decidí a escapar. Así que una noche me fui cerca de los bungalows de los presos de Egipto, porque el lugar estaba a oscuras. Otros tres presos decidieron huir conmigo: Anwar Farhat, Ahmad al-Ammuri, y un hombre de la aldea de Yazur. El de Yazur conocía el camino alrededor del área. Tres hileras de alambre de espino rodeaban el campamento, yo avancé  y mis compañeros quedaron atrás.

Pasé a través de la primera hilera sin dificultad. Me corté la cara y el pecho hasta pasar por los demás, pero seguí adelante hasta que pude salir. No tenía ni idea acerca de la región, y el clima era frío, invernal. Yo vagué sin rumbo durante tres días hasta que fui detenido por  soldados que resultaron ser iraquíes. Un palestino que estaba con ellos sabía lo de mi pueblo y  confirmó mi relato de lo que había ocurrido. Me llevaron a Tirat Bani Saeb.

Cuando los aldeanos me vieron llegar, sangrando y acompañado por soldados, pensaron que yo era un preso israelí capturado por los iraquíes y trataron de atacarme, pero un oficial los detuvo. 
 
La vida, no fue fácil, tampoco. No había suficiente comida, ni había ropa.

 

Muhammad Kamil al-Dassuki, nacido en 1935, residente del campamento de Raml, Lattakieh 
 
La gente estaba gritando: "Los judíos están atacando, los judíos están atacando!" Silbidos de balas sonaban alrededor, y se podían escuchar explosiones en el pueblo. Al amanecer, vi barcos descargando soldados cerca de al-Burj, al norte del pueblo, y que avanzaban hacia las distintas entradas de Tantura. 
 
Mientras estábamos llevando a los muertos, escuché llorar a un muchacho joven, era Mustafa al-Salbud. Un soldado le preguntó cuál era el asunto. Él contestó "Mis dos hermanos han sido asesinados. Aquí está el cuerpo de mi hermano Khalil, y aquí está mi hermano Muhammad. Mi madre no tiene ahora más que a mí". "¿De qué sirve tu vida entonces?" preguntó el soldado. Y le disparó. 
 
En el cementerio, vi coches llenos de judíos, algunos de ellos riendo y cantando, pero otros estaban terriblemente callados. 
 
Cuando fuimos rodeados en la playa, jóvenes judíos, niños y niñas, subieron a los barcos de pesca del pueblo y comenzaron a cacarear su victoria, mientras su jefe, un hombre alto de piel pálida, nos preguntó: "¿Dónde están los soldados sirios? ¿Están luchando solos? "Más tarde, nos envió -es decir, a las mujeres y los niños- con el  mukhtar del pueblo de Furaydis. El pueblo de Furaydis nos dio la bienvenida lo mejor que pudo, y la gente de los pueblos cercanos de Jaba, Ijzim, y Ayn Ghazal envió alimentos y mantas para nosotros. 
 
Pasamos un mes en Furaydis. Un día, un viejo judío llegó a la aldea. Reunió a todos los niños entre doce y catorce años y nos llevó a Tantura a la cosecha de ajo y papas, bajo la guardia de soldados judíos.

Un soldado se acercó a mí: "Eres de Tantura. ¿Conoces a alguien de la familia Dassuki?" "Yo," respondí. "¿Conoces a Abu Aql?" "Es hermano de mi madre." Bajó el fusil  y dijo: "¿Dónde está él? Me dijo que estaba en Furaydis”. A continuación, comenzó a llorar, "Salúdalo de mi parte. Yo lo conozco, soy el hijo de Abraham Hallaq, el conductor del tren que va de Haifa a Jaffa y mi padre es amigo de tu tío!" Entonces él preguntó después por mis primos y yo le dije que Salim y Nimr habían sido fusilados. De inmediato maldijo a los asesinos y agregó, "yo también. Dos de mis hermanos fueron asesinados". Más tarde, llegó a Furaydis a visitar a mi tío. 

 Mi padre, que era uno de los defensores del pueblo, logró llegar hasta Ayn Ghazal. Decidí tratar de reunirme con él. Comencé a caminar, descalzo. Cuando llegué hasta mi padre, un hombre de Ayn Ghazal, Hajj Hasan, viendo que yo estaba descalzo, me llevó con él y me compró un par de zapatos

 

Abd al-Razzaq Nasr, nacido en 1931, residente del campamento de Raml, Lattakieh 
 
La noche del ataque, yo estaba de guardia al norte de la aldea, en Bir Ŷomus, no muy lejos de Dibbit al-Ijra. Venían disparos desde el sur, cerca de Talat Umm Rashid y luego se acercaron hasta donde estábamos. Alrededor de las 2:30 AM, llegó un tren lleno de soldados que vinieron sobre nosotros y comenzaron a dispararnos y bombardearnos. Intentamos retirarnos pero perdimos dos hombres. Me quedé con Muhammad Awad. Durante nuestra fallida retirada vi otros dos cuerpos. Uno de ellos era Muhammad Shihada. Cuando llegamos cerca de al-Burj, pasamos frente a un grupo de gente de nuestro pueblo -si mal no recuerdo, eran Hasuna Said Salam, Hadi Abu Ghazala, Abu Subhi Ashmawi, Hajj Abd al-Rahman al-Dassuki, y Fayiz Ayyub. Hajj Dassuki había sido herido en la cabeza y Said Salam en el hombro. Intenté ayudarlos. Cuando llegamos cerca de su casa, cercana a la Marah, Hajj nos pidió que lo dejáramos allí. Eran las seis de la mañana. 
 
Fui a casa y escondí mi arma y pregunté dónde estaba la gente. Me enteré que muchos fueron a la casa de Iqab al-Yahya, pero que los soldados los habían encontrado allí. Habían irrumpido por la entrada principal, a la orilla del mar y por la puerta de atrás al mismo tiempo, disparando en todas direcciones y gritando, "¡fuera, fuera!" 
 
Todo el mundo fue conducido como ganado a la playa. Su jefe, Sansón, se acercó y preguntó por Muhammad Yusuf al-Hindi. Le puso un revolver en la sien y preguntó dónde estaban escondidas las armas. Muhammad se vio obligado a dar algunos nombres, entre ellos el mío. Ellos me llevaron, los brazos atados con mi camisa, encontraron mi fusil y lo tomaron. En el camino vi una cantidad de cuerpos cerca de la casa de Abu Safiyya y en el camino de regreso a la Marah, vi los cuerpos de Fadl Abu Hana, Fawzi Abu Zamaq, y Muhammad Awad Abu Idriss. En el callejón de la barbería de Abu Juayd, vi un largo rastro de sangre corriendo por más de veinte metros hasta un sitio donde más de diez cuerpos habían sido apilados.

 

Yusra Abu Hana, nacido en 1915, residente del campamento de Yarmuk 
 
El tiroteo comenzó cerca de la medianoche. Mudallala llegó de Zuluf. Ella nos dijo, "Issa al-Dassuki está herido, tal vez muerto. Y cuando Suad al-Filu corrió hacia él para darle algo de beber, le dispararon a ella y la mataron. " 
 
Uno de mis hermanos, Fadl, también fue muerto y el otro, Faysal, resultó herido. Él estaba escondido en el establo, pero fue atrapado: él estaba fumando y el olor de su cigarrillo los atrajo hasta él. Ellos querían matarlo, pero el mukhtar de Zichron Yaacov, que mantenía buenas relaciones con mi padre, intercedió por él. Cabe recordar que tratábamos bien a la gente de su colonia cuando venían a la playa de Tantura. 
 
Hasan al-Ammuri sólo era un niño y su madre tenía cuarenta y cinco años cuando lo dio a luz. Él tomó parte en los combates. Ellos le prometieron dejarlo vivir si se rendía, pero al instante de entregar su arma, le dispararon. 
 
En la playa, donde nos reunieron, se nos despojó de todo: relojes, pulseras, dinero, documentos de identidad. En el camino a la playa, la puerta de una de las casas estaba abierta, y vi una pila de cuerpos en su interior. Por no hablar de las personas a las que habían reunido y ejecutado en el cementerio. Más de cincuenta. Todos los que mataron estaban desarmados, fusilados en las calles de la aldea o en el interior de las casas. En la playa, se llevaron lejos a los hombres en grupos, pero nadie regresó. Hacia el mediodía, la matanza terminó cuando el mukhtar de Zichron Yaacov llegó con una orden por escrito. Unos cuarenta hombres acababan de ser conducidos fuera, así se salvaron.

 

Wurud Said Salam, nacido en 1937, residente del campamento de Yarmuk 
 
Era sábado por la noche, y estábamos durmiendo cuando se inició la batalla. Inmediatamente nos levantamos y mi madre pidió a Dios su protección. Mi padre era un miembro de la Resistencia. Fuimos rápido a una casa donde una gran cantidad de personas se había reunido. Luego llegaron los soldados y ordenaron que nos vayamos. Caminamos a lo largo de la Marah. Mi madre de repente empezó a gritar: ella había reconocido el cuerpo de mi tío, Abu Fadl Hana. Un judío le apuntó con su arma y la amenazó con matarla si no se callaba. 
 
Al salir de nuestra casa, llevamos algunas cosas con nosotros por temor a que los judíos las robaran -una pluma de oro, un anillo con el nombre de mi padre grabado, algunos aros y ocho libras palestinas-. Cuando llegamos a la playa, mi madre, las enterró en la arena y marcó el lugar del escondite. Más tarde, en Furaydis, un colono de Zichron Yaacov, que tenía un restaurante al que mi padre suministraba pescado, nos reconoció. Mi madre le dijo que ella había escondido nuestros valores y él los trajo a nosotros. Nada faltaba. Recuerdo que su nombre era Lolik. 
 
Volviendo a la masacre, cuando estábamos pasando por el cementerio, mi madre dijo: "Ese es el cuerpo de Salman al-Shaykh!" En mi pánico, casi pisé su cuerpo, pero mi madre me tiró hacia atrás, tomándome de la ropa. Cerca del cementerio vimos a mi padre llevando el cuerpo del Hajj Abd al-Rahman al-Dassuki, pero él no llegó muy lejos y puso el cuerpo abajo, entre los cactus por miedo a que le disparen. Él ya estaba herido. Cerca de la pared baja de Umm Fakhriyya, vimos doce cuerpos, todos de la familia Abu Safiyya. 
 
Después nos dejaron en manos de la Cruz Roja en Tulkarem, hemos tenido que arrancar de cero. Estábamos descalzos. El asfalto quemaba tanto que saltábamos como los gorriones.

 

Sabira Abu Hana, nacida en 1933, residente del campamento de Raml, Lattakieh

Pasamos la noche en lo de nuestra vecina, Umm Jalid, la esposa de Sa’d al-Din Abu al-Hasan. Estábamos preparando el fuego de carbón para hervir la ropa, porque a la mañana tuvimos que ayudar con la cosecha. Nimr Frahat de repente irrumpió gritando, "¿Qué están haciendo aquí todavía? Los judíos ya están en Talat Umm Rashid!" Corrimos al centro de la aldea donde mi tío materno, Said Salam, tenía su casa. Nos quedamos allí hasta las seis de la mañana. Una hora más tarde, vi a un judío empujando a un hombre del pueblo a punta de pistola. 
 
Mi abuelo, Mahmud Abu Hana, recibió un disparo delante de la entrada de la casa. Mi tío paterno, Abu Fadl Hana, fue fusilado después de la caída de la aldea y enrollado en una estera de paja. En la playa, le robaron doce pulseras de oro a Hajja Aisha, la esposa de lssa Abd al-Al.  Amina Awad Abu Idriss descubrió el cuerpo de su hermano, cerca del cementerio. Ella acarició su pelo, lo besó y gritó su dolor. Yo ví más de cincuenta cuerpos fusilados en el cementerio. Y también vi a Jawdat Abu al-Samra que acarreaba el cuerpo de su hijo muerto, sobre una escalera que utilizó como ataúd. 
 
Después de nuestra partida de Tantura murieron más de cuarenta de nuestra gente, la mayoría de ellos niños, en el camino entre Furaydis y las ciudades de la Ribera Occidental, incluida Tulkarem y Khalil (Hebrón). Cada hora se escuchaba que al niño tal lo han matado. Recuerdo que sólo en la cueva de Dayr al-Moscobiyyeh fueron enterradas más de una veintena de cuerpos. 
 
Lo que pasó con nuestro pueblo no es menos horrible que la masacre de Deir Yasin, pero en ese momento los palestinos estaban más preocupados por la suerte de los que quedaron vivos que por los muertos y pronto, la pérdida del país aplastó la pérdida de las personas y nadie habló de la masacre de Tantura... hasta hace poco.

 

lzz al-Din al-Masri, nacido en 1937, residente del campamento de Yarmuk
 
Cuando estábamos refugiados en Furaydis, nos dejaron volver a Tantura para traer ropa y mantas. Mi madre me pidió que traiga todo lo que podía llevar, en especial su máquina de coser, así como algunos objetos de oro escondidos en el colchón. Cuando entré en nuestra casa, vi  todas nuestras cosas en grandes montones en el centro de cada habitación, pero no había máquina de coser o piezas de oro o joyas de mi madre y de mi hermana.

A lo largo de las vías férreas entre Tantura y Furaydis, vi los cuerpos de Sulayman al-Masri y su hijo Ahmad. Más tarde, cuando estábamos reunidos en una escuela en Tulkarem, a la espera de un grupo para salir hacia Jalil (Hebrón), aviones israelíes nos bombardearon. Dos niños de Tantura fueron asesinados allí, el hijo y la hija de Yahya al-Ashmawi.

 
 
 
Fuente: Palestine Remembered-2001 / Journal of Palestine Studies-2001
Traductor: B. Esseddin
 
 
 
Share |
Las opiniones vertidas en este sitio, no reflejan, necesariamente, la opinión de los editores
estrellapalestina2011(arroba)gmail.com
Se permite la reproducción total o parcial de los materiales, siempre y cuando se mencione la fuente, el autor y el traductor.
©Copyright 2006 - Derechos Reservados por La Estrella Palestina