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Sobre los poco conocidos campos de concentración y trabajos forzados de Israel en 1948-1955
Yazan Al-Saadi
7 de agosto 2015
 
Civiles secuestrados durante la caída de Lydda y Ramleh alrededor del 12 de julio de 1948, y llevados a campos de trabajos forzados. Bajo el intenso calor de julio estaban sedientos y les dieron unas gotas de agua cargadas por un niño bajo la vigilancia de los soldados (Foto: Salman Abu Sitta, Palestine Land Society –Sociedad de la Tierra de Palestina)

Gran parte de las circunstancias nefastas y tenebrosas de la limpieza étnica de palestinos a manos de los sionistas a finales de la década de 1940 han sido expuestas de a poco a lo largo del tiempo. Un aspecto -poco investigado o profundamente tratado- es la detención de miles de civiles palestinos en al menos 22 campos de concentración y trabajos forzados, dirigidos por los sionistas, que existieron entre 1948 y 1955. Ahora se sabe más acerca de las características de este crimen histórico, gracias a la detallada investigación del renombrado historiador palestino Salman Abu Sitta, y del miembro fundador del centro de recursos BADIL, Terry Rempel.

Estos son los hechos

El estudio –que será publicado en el próximo número del Journal of Palestine Studies [Revista de Estudios de Palestina]- se basa en casi 500 páginas del informe del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) escrito durante la guerra de 1948, que fue desclasificado y puesto a disposición del público en 1996, y accidentalmente descubierto en 1999 por uno de sus autores.

Además, los autores recolectaron testimonios de 22 civiles palestinos que estuvieron detenidos en esos campos, por medio de entrevistas que realizaron en 2002 o que fueron documentados por otros en diversos momentos.

Con estas fuentes los autores, como ellos dicen, reconstruyeron una historia más clara de cómo Israel secuestró y encarceló a “miles de civiles palestinos como trabajadores forzados”, y los explotó “para sostener su economía en tiempos de guerra”.

Desenterrando crímenes

“Encontré este fragmento de historia en la década de 1990 cuando estaba recolectando material y documentos sobre los palestinos”, dijo Abu Sitta al diario Al-Akhbar. “Cuanto más y más cavas, más encuentras que se han cometido crímenes que no son denunciados ni conocidos”.

En ese momento, Abu Sitta fue a Ginebra por una semana para revisar los archivos del CICR recientemente abiertos. Según dice, los archivos fueron abiertos al público después de que la Cruz Roja fuera acusada de aliarse con los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Fue una oportunidad que no podía perder para ver qué había registrado el CICR sobre los hechos ocurridos en Palestina en 1948. Fue allí donde se topó con registros que trataban sobre la existencia de cinco campos de concentración dirigidos por los israelíes.

Entonces decidió buscar testigos o ex-detenidos, entrevistando a palestinos en Palestina ocupada, Siria y Jordania.

“Todos ellos describieron la misma historia, y su experiencia directa en esos campos”, dice.

Una pregunta que inmediatamente lo atravesó fue por qué no había siquiera una mínima referencia en la historia sobre esos campos, especialmente cuando a mayor investigación más evidente se hacía que habían existido y que fueron más de cinco.

“Muchos ex-detenidos palestinos consideraron conceptualmente a Israel como un enemigo feroz, por lo que pensaron que su experiencia trabajando en esos campos fue nada en comparación con la otra inmensa tragedia de la Nakba. La Nakba eclipsó todo”, explicó.

“Sin embargo, cuando escarbé en el período de 1948 a 1955, encontré más referencias como la de Mohammed Nimr Al-Khatib, que era imam de Haifa y había registrado entrevistas con alguien de la familia Al-Yahya que estuvo en uno de los campos. Pude rastrear a este hombre hasta California y hablé con él en 2002”.

Finalmente y de a poco descubrió más referencias, que incluían información de una mujer judía llamada Janoud, una sola tesis de maestría sobre el tema en la Universidad Hebrea y los relatos personales del economista Yusif Sayigh, que ayudaron a profundizar aún más en la magnitud y la naturaleza de esos campos.

Después de más de una década, Abu Sitta con su coautor Rempel, finalmente presentan al público sus hallazgos.

De lastre a oportunidad: Campos de concentración y trabajo forzado

Los campos de concentración y trabajo forzado fueron establecidos después de la declaración unilateral del Estado de Israel en mayo de 1948.

Antes de este acontecimiento, el número de palestinos en cautiverio en manos de los sionistas era bastante bajo porque, como afirma el estudio, “la dirigencia sionista concluyó tempranamente que la expulsión forzada de la población civil era la única manera de establecer un Estado judío en Palestina con una mayoría judía lo suficientemente grande para ser ‘viable’”. En otras palabras, para los estrategas sionistas, los prisioneros eran un lastre en las fases iniciales de la limpieza étnica”.

Esos cálculos cambiaron con la declaración del Estado israelí y la participación de los ejércitos de Egipto, Siria, Iraq y Transjordania [ahora Jordania], después de que buena parte de la limpieza étnica se había producido. Desde ese momento, “las fuerzas israelíes comenzaron a tomar prisioneros, tanto soldados regulares árabes (para eventuales intercambios) como –selectivamente- civiles palestinos saludables y no combatientes”.

El primer campo fue Ijlil, que se encontraba a unos 13 km al noreste de Jaffa, en terrenos de la destruida aldea palestina Ijlil Al-Qibiliya, vaciada de sus habitantes a principios de abril. Ijlil fue hecho predominantemente con carpas, confinando cientos y cientos de prisioneros categorizados por los sionistas como prisioneros de guerra, rodeados por cercas de alambre de púas, torres de vigilancia y una puerta con centinelas.

A medida que las conquistas israelíes crecían, y a la vez se incrementaba enormemente el número de prisioneros, fueron establecidos otros tres campos. Estos son los cuatro campos “oficiales” cuya existencia los israelíes admitieron y que fueron frecuentemente visitados por el CICR.

El estudio señala:

Los cuatro campos se encontraban ubicados dentro o junto a instalaciones militares creadas por los británicos durante el Mandato. Habían sido utilizados durante la Segunda Guerra Mundial para la detención de alemanes, italianos y otros prisioneros de guerra. Dos de los campos –Atlit, creado en julio a unos 20 km al sur de Haifa, y Sarafand, creado en septiembre cerca de la aldea de Sarafand Al-Amar, que fue despoblada, en el centro de Palestina- habían sido utilizados en las décadas de 1930 y 1940 para detener a los inmigrantes judíos ilegales.

El campo de Atlit era el segundo en tamaño después de Ijlil, tenía capacidad para 2.900 prisioneros, mientras que Sarafand tenía una capacidad máxima de 1.800 y Tel Letwinksy, cerca de Tel Aviv, de algo más de 1.000.

Los cuatro campos eran administrados por “ex-oficiales británicos que habían desertado de sus filas cuando las fuerzas británicas se retiraron de Palestina a mediados de mayo de 1948”, y los guardias y el personal administrativo de los campos eran ex-miembros del Irgun y la Banda Stern –ambos grupos considerados como organizaciones terroristas por los británicos antes de su retirada. En total, los cuatro campos “oficiales” fueron atendidos por 973 soldados.

Un quinto campo, llamado Umm Khalid, fue creado en terrenos de otra aldea que fue despoblada, cerca del asentamiento sionista de Netanya, e incluso le fue asignado un número oficial en los registros, pero nunca alcanzó estatus “oficial”. Tenía capacidad para 1.500 prisioneros. A diferencia de los otros cuatro, el campo de Umm Khalid sería “el primero creado exclusivamente como campo de trabajo” y fue “el primero de los campos “reconocidos” en ser clausurado... a fines de 1948”.

Como complemento de esos cinco campos “reconocidos”, hubo al menos otros 17 “no reconocidos” que no fueron mencionados en fuentes oficiales, pero que los autores descubrieron a través de varios testimonios de prisioneros.

Civiles en un campo de trabajo en Ramleh, julio 1948. (Foto: Salman Abu Sitta, Palestine Land Society)

“Muchos [de esos campos fueron] aparentemente improvisados o no planificados, a menudo se instalaban en una estación de policía, una escuela, o una casa en una aldea”, con capacidad variable para confinar desde unas decenas de prisioneros hasta casi 200.

La mayoría de los campos, oficiales y no oficiales, estaban situados dentro de los límites del Estado judío propuesto por la ONU, aunque al menos cuatro [campos no oficiales] –Beersheba, Julis, Bait Daras y Bait Nabala- estaban en la zona asignada por la ONU para el Estado árabe y uno estaba dentro del ‘corpus separatum’ de Jerusalén”.

El número de palestinos no combatientes detenidos “superaba ampliamente” al de los soldados de los ejércitos regulares árabes o prisioneros de guerra genuinos. El estudio cita un reporte mensual de julio de 1948 redactado por el director de la misión del CICR Jacques de Reynier, quien señala, “que la situación de los civiles detenidos era ‘absolutamente confundida’ con la de los prisioneros de guerra, y que las autoridades judías ´trataban a todos los árabes de entre 16 y 55 años como combatientes y los encerraban como prisioneros de guerra’”. Además, el CICR encontró entre los detenidos en campos oficiales, que 90 de los prisioneros eran ancianos y 77 eran niños de 15 años o menos.

El estudio destaca las declaraciones de un delegado del CICR, Emile Moeri, en enero de 1949 sobre los prisioneros en los campos:

“Es doloroso ver a esta pobre gente, especialmente los ancianos, que fueron arrancados de sus aldeas y puestos en un campo sin razón alguna, obligados a pasar el invierno en carpas mojadas, lejos de sus familias; hay quienes no pudieron sobrevivir en estas condiciones y murieron. Niños pequeños (10-12 años) se encuentran igualmente sometidos a estas condiciones. También los enfermos, algunos con tuberculosis, languidecen en estos campos bajo condiciones que, aunque fueran personas saludables, seguramente morirán si no encontramos una solución a este problema. Durante mucho tiempo hemos exigido que las autoridades judías liberen a los civiles enfermos o que necesiten tratamiento para dejarlos al cuidado de sus familias o de un hospital árabe, pero no hemos recibido respuesta”.

Como lo señala el informe, “no hay cifras precisas sobre el total de civiles palestinos detenidos por Israel durante la guerra de 1948-1949” y las estimaciones tienden a no dar cuenta de los campos “no oficiales”, además del frecuente traslado de prisioneros entre los campos en uso. En los cuatro campos “oficiales”, el número de prisioneros palestinos nunca superó los 5.000 según las cifras de los registros israelíes.

Tomando en cuenta la capacidad de Umm Khalid, y estimaciones de los “campos no oficiales” el número final de prisioneros palestinos podría ser de alrededor de 7.000, y tal vez mucho más, como afirma el estudio, si se toma en cuenta una nota del 17 de noviembre de 1948 en el diario de David Ben Gurion -uno de los principales dirigentes sionistas y el primero en ser primer ministro de Israel- donde menciona “la existencia de 9.000 prisioneros de guerra en los campos dirigidos por Israel”.

En general, las condiciones de vida en los campos “oficiales” estaban muy por debajo de lo que consideraría apropiado el derecho internacional en ese entonces. Moeri, que visitó los campos constantemente, informó que en Ijlil, en noviembre de 1948: “muchas carpas están rotas”, que los campos “no están preparados para el invierno”, las letrinas no están cubiertas y la cantina no trabajó durante dos semanas. En referencia a una situación aparentemente continua, dijo que “las frutas siguen siendo deficientes, la carne es de baja calidad, los vegetales son escasos”.

Es más, Moeri informó que él mismo vio, “’las heridas dejadas por el maltrato’ de la semana anterior, cuando los guardias dispararon contra los prisioneros, hiriendo a uno, y golpearon a otro”.

Como muestra el estudio, la condición de civil de la mayoría de los prisioneros estaba en claro para los delegados del CICR en el país, que informaron que los hombres secuestrados “indudablemente nunca habían estado en un ejército regular”. Los detenidos que eran combatientes, fueron “habitualmente baleados con el pretexto de que habían intentado escapar”.

El objetivo de las fuerzas israelíes parecía ser siempre los hombres saludables, dejando atrás a mujeres, niños y ancianos –cuando no estaban masacrándolos- y la política continuó incluso después que bajaron los niveles de enfrentamiento militar. En resumen, como muestran los registros israelíes y cita el estudio, “los civiles palestinos eran la inmensa mayoría (82%) de los 5.950 que aparecen como detenidos en los campos de prisioneros de guerra, mientras que todos los palestinos (civiles más militares) eran el 85%”.

El secuestro y encarcelamiento a gran escala de civiles palestinos tiende a corresponder con las campañas militares israelíes. Por ejemplo, una de las primeras mayores redadas ocurrió durante la operación Danj, cuando de 60 a 70.000 palestinos fueron expulsados de las ciudades de Lydda y Ramleh. Al mismo tiempo, entre una quinta y cuarta parte de la población masculina de más de 15 años de edad, provenientes de estas dos ciudades, fueron enviadas a los campos.

La mayor redada de civiles ocurrió en las aldeas del centro de Galilea, fueron secuestrados durante la operación Hiram en el otoño de 1948.

Musa, sobreviviente palestino, describió a los autores lo que presenció en aquel momento.

“Nos sacaron de todas las aldeas de alrededor: Al-Bina, Deir Al-Asad, Al-Rama y Eilabun. Se llevaron a 4 jóvenes y luego les dispararon a la cabeza... A pie nos llevaron. Hacía calor. No nos dejaron beber. Nos llevaron a [la aldea palestina drusa] Al-Maghar, luego al [asentamiento judío] Nahalal, después a Atlit”.

Un informe de la ONU del 16 de noviembre de 1948 contribuyó con el relato de Musa, afirmando que unos 500 hombres palestinos “fueron llevados por la fuerza, caminando y en vehículos, a Nahalal, un campo judío de concentración”.

Manteniendo la economía de Israel con “trabajo esclavo”

La política de tomar como blanco a los civiles, especialmente hombres “saludables”, no fue accidental según el estudio. Dice: “con decenas de miles de hombres y mujeres judíos convocados para el servicio militar, los civiles palestinos detenidos constituían un importante complemento a la mano de obra civil judía empleada según la legislación de emergencia para el mantenimiento de la economía israelí”, lo cual también había señalado la delegación del CICR en sus informes.

Los prisioneros fueron obligados a hacer obras públicas y militares tales como desecado de pantanos, servidumbre, recolección y transporte de los bienes robados a los refugiados, remoción de piedras de las casas palestinas demolidas, pavimentación de rutas, cavado de trincheras militares, inhumación de los muertos, y mucho más.

Tal como lo describe en el estudio Habib Mohammed Ali Jarada, un ex-detenido palestino: “A punta de pistola, me hicieron trabajar todo el día. Por la noche, dormíamos en carpas. En invierno, el agua se filtraba por debajo de nuestra cama, que estaba hecha de hojas secas, cartón y pedazos de madera”.

Marwan Iqab Al-Yehya, otro prisionero en Umm Khalid, dijo en una entrevista con los autores: “Teníamos que cortar y cargar piedras [en una cantera]. Nuestra comida diaria era sólo una papa por la mañana y medio pescado seco por la noche. Golpeaban a cualquiera que desobedeciera órdenes”. Este trabajo estaba entremezclado con actos de humillación por parte de los guardias israelíes, ya que Yehya cuenta sobre prisioneros que fueron “alineados y obligados a desnudarse como castigo por la fuga de dos prisioneros por la noche”.

“Los adultos y niños [judíos] venían de un kibutz cercano a observarnos, alineados y desnudos, y reían. Para nosotros esto fue lo más degradante”.

El maltrato practicado por los guardias israelíes era sistemático y abundante en los campos, el peor del cual fue dirigido contra los palestinos aldeanos, agricultores y de clase baja. Esto fue así, dice el informe, porque los prisioneros instruidos “conocían sus derechos y tenían la confianza necesaria para discutir y enfrentar a sus raptores”.

El estudio señala también cómo las afiliaciones ideológicas de los prisioneros y los guardias tuvieron otros efectos en la relación entre ellos.

El estudio cita el testimonio de Kamal Ghattas, que fue secuestrado durante el ataque israelí a Galilea, y dice:

“Tuvimos una pelea con nuestros carceleros. Cuatrocientos de nosotros enfrentamos a 100 soldados. Ellos trajeron refuerzos. Tres de mis amigos y yo, fuimos llevados a una celda. Nos amenazaron con dispararnos. Toda la noche estuvimos cantando el himno comunista. Nos llevaron a los cuatro al campo de Umm Khaled. Los israelíes temían por su imagen ante Europa. Nuestro contacto con nuestro Comité Central y el Mapam [Partido Socialista Israelí] nos salvó... Encontré a un oficial ruso y le dije que nos sacaron de nuestras casas a pesar de que no éramos combatientes, lo cual está contra los Convenios de Ginebra. Cuando supo que yo era comunista me abrazó y me dijo: “Camarada, tengo dos hermanos en el Ejército Rojo. Viva Stalin. Viva la Madre Rusia”.

Pero, los palestinos menos afortunados afrontaron actos de violencia que incluían ejecuciones arbitrarias y tortura, sin ninguna protección. Las ejecuciones siempre se hacían alegando detener “intentos de fuga” –verdaderos o supuestos por los guardias.

Llegó a ser tan habitual que un ex-prisionero palestino detenido en Tel Litwinsky, Tawfiq Ahmed Juma Ghanim, relató: "A todo aquel que se negó a trabajar, le dispararon. Decían que [la persona] trataba de escapar. Los que creían que íbamos a ser asesinados, caminaban para atrás frente a los guardias".

Finalmente, a fines de 1949, los prisioneros palestinos fueron liberados de a poco después de fuertes presiones del CICR y otras organizaciones, pero esas liberaciones fueron de dimensión limitada y muy orientadas a casos específicos. Los prisioneros de los ejércitos árabes fueron liberados en intercambios de prisioneros, pero los prisioneros palestinos fueron expulsados unilateralmente al otro lado de la línea de armisticio sin comida ni provisiones ni refugio y les dijeron que se vayan lejos y no vuelvan nunca más.

La mayoría de los prisioneros civiles palestinos no serían liberados sino hasta 1955.

Un crimen perdurable

La importancia de este estudio es multifacética. No sólo revela las numerosas violaciones al derecho internacional y las convenciones de la época, tales como los Convenios de La Haya de 1907 y los Convenios de Ginebra de 1929, sino que también muestra cómo el hecho, a la larga, moldearía al CICR.

Dado que el CICR se enfrentaba a un actor israelí beligerante que no estaba dispuesto a escuchar y cumplir con el derecho internacional y las convenciones, el CICR tuvo que adaptarse en lo que consideraba formas prácticas para ayudar a asegurar que los prisioneros civiles palestinos fueran protegidos en virtud de los más elementales derechos.

El estudio cita a Reynier en su informe final:

“[El CICR] protestó en numerosas ocasiones afirmando el derecho de esos civiles a disfrutar su libertad a menos que se los encuentre culpables [de algún delito] y sean juzgados por un tribunal. Pero hemos aceptado, tácticamente, su condición de prisioneros de guerra porque de esta manera gozarían de los derechos que les confiere la Convención. De lo contrario, si no estuvieran en los campos, serían expulsados [a un país árabe] y de una manera u otra, serían llevados, sin recursos, a la miserable vida de refugiados”.

Al final, el CICR y otras organizaciones internacionales fueron sencillamente ineficientes ya que Israel ignoró sus codenas con impunidad, además de [contar con] la cobertura diplomática de las grandes potencias occidentales.

Y lo que es más importante, el estudio arroja luz sobre la magnitud de los crímenes israelíes durante su brutal y sangriento nacimiento. Y "aún queda mucho por decir", como afirma la última línea del estudio.

"Es sorprendente para mí, y muchos europeos que han visto mis pruebas -dice Abu Sitta- que un campo de trabajos forzados fuera abierto en Palestina tres años después de que fueran clausurados en Alemania, y que fueron dirigidos por ex-prisioneros -había guardias judíos alemanes".

“Este es un mal reflejo del espíritu humano, donde el oprimido copia a un opresor contra vidas inocentes”.

El estudio muestra esencialmente las bases y principios de la política israelí hacia los civiles palestinos que aparece en forma de secuestro, arresto y detención. Esta criminalidad continúa hasta hoy. Sólo hay que leer los informes de los cientos de palestinos arrestados antes, durante y después de la última guerra de Israel contra Gaza a mediados del verano de 2014.

“Gaza es hoy un campo de concentración, para nada diferente a los del pasado”, concluyó Abu Sitta.

 
Notas:Yazan Al-Saadi es redactor de Al-Akhbar English. Síganlo en Twitter: @WhySadeye
 
Fuente: http://english.al-akhbar.com/node/21763 / 29 de septiembre 2014
Fuente del Mapa de los campos de trabajo forzado: Salman Abu Sitta, Palestine Land Society
Traducción: Bea Esseddin / 2015
 
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