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REFUGIADOS
 

La matanza de Sabra y Shatila, esculpida en la memoria Palestina
Testimonios / septiembre 2008

 

Al comienzo del día diecisiete de septiembre de 1982, empezó una sangrienta página de la historia del pueblo palestino. Fue cuando se despertaron los refugiados de los campamentos de Sabra y Shatila, a una de las peores matanzas de la historia, cuando unos milicianos, bombardearon los campamentos situados en la zona sur de Beirut, matando a centenares de inocentes desarmados, sometiéndoles a un baño de sangre. Lo que ocurrió es horrible, miles de hombres, mujeres, niños palestinos y libaneses, habitantes de los campamentos de Sabra y Shatila, asesinados en una masacre salvaje, causando la repugnancia de todo el mundo...pero, ningún criminal de los que dieron las órdenes y / o ejecutaron dicha masacre, ha sido condenado por un tribunal... todavía.

Una mezcla de presentimiento y terror sentían los primeros refugiados que recibían las noticias de la matanza, siendo éstas, confusas al principio, puesto que, las patrullas que rondaban los campamentos la noche del dieciséis de septiembre de 1982, llevando hombres armados y enmascarados, protegían a los centenares de soldados que penetraban en los barrios de Sabra y Shatila, con armas dotadas de silenciadores, hachas y cuchillos que utilizaron para ensañarse con las familias. El crimen que comenzó con la oscuridad de la noche, fue descubierto enseguida con la huida de algunos afectados, pero nada se hizo para evitar su continuidad, ni parar a los asesinos de seguir ejecutando su masacre vil y salvaje durante tres largos días bajo la dirección, protección y participación de las fuerzas de ocupación israelíes.

Comenzó la masacre la noche del 16 de septiembre de 1982, cuando unas bandas, se ensañaron con los civiles de Sabra y Shatila despedazándoles, pero y a pesar de las informaciones contradictorias sobre la verdad de lo que sucedió aquella mañana y los dos días siguientes, lo cierto es que esta matanza, era parte de un plan bien elaborado y planificado por el entonces ministro de defensa israelí Ariel Sharon, su jefe de estado mayor Rafael Eitan y otros vínculos locales, encabezados por las Fuerzas Libanesas de la Falange. Hubo una reunión en el cuartel de las F.L.F. en Karantina, y es sabido que, entre otros, participaron Ariel Sharon, Amir Druri y Eli Hubaiqa (jefe del aparato de seguridad de las F.L.F.) donde se acordó, facilitar la entrada de grupos armados de la seguridad y con rapidez, en el campamento de Shatila. Poco después, se vio como estos grupos, efectivamente se reunían en el aeropuerto de Beirut preparándose para la hora del ataque. En cuanto la noche cubrió el campamento y sus alrededores, el ejército sionista israelí comenzó a iluminar con bengalas el escenario de operaciones, donde los falangistas iban atacando a la población que dormía. Cuando el mundo se despertó, vio la magnitud del horror que se acaba de cometer en esta maldita mancha de la tierra, decenas de los que se salvaron de la matanza se les veía alucinados, horrorizados, perdidos entre sollozos de dolor ante la tragedia y la pérdida de todo, padres, madres, hermanos, niños, mujeres, maridos, casas, las fotos de los seres queridos y un sin fin de cosas, quedándose entre el polvo de los callejones y las ruinas de sus casas.

Los carros de combate israelíes cerraron todas las salidas de socorro de los campamentos, impidiendo la salida a los habitantes y bajo amenaza de abrir fuego, obligándoles a retroceder. Observadores y fotógrafos extranjeros, más los trabajadores de media luna roja e instituciones internacionales, coincidieron con el periodista sionista Amnon Kapeliuck en sus declaraciones:" la matanza comenzó rápidamente y continuó sin interrupción durante cuarenta horas." Durante las primeras horas, las milicias falangistas masacraron a centenares de personas, disparaban contra todo lo que se movía en los callejones, matando a familias enteras mientras estaban cenando, otros muchos murieron en sus camas cuando dormían. Se encontró a muchos niños de entre tres y cuatro años con sus pijamas, en sus camas y las mantas cubiertas de sangre. En muchos casos mutilaron a las víctimas antes de asesinarles, rompieron los cráneos de algunos bebes chocándolos contra las paredes y hubo mujeres que fueron violadas antes de matarlas, hombres arrastrados a las calles para ejecutarles, donde las milicias del terror, utilizaban hachas y cuchillos para asesinar, dirigiéndose sobre todo contra niños, mujeres y ancianos. La primera noche se aseguraron de utilizar armas silenciosas, para que los habitantes de los campamentos, no se enteren de lo que estaba sucediendo y traten de huir.

Debido a los fuertes ecos que tuvo la matanza en las capitales del mundo, el estado hebreo, cuyo ejército invasor ocupaba Beirut, tuvo que constituir una comisión para investigar los hechos, bajo la presidencia de Isaac Kahan presidente del tribunal supremo, quedando delimitada la misión de dicha comisión por el consejo de ministros, al apuntalar lo siguiente: "La cuestión que se someterá a la investigación, será la verdad y los elementos vinculados a los actos salvajes, cometidos por una unidad de las F.L.F. contra la población civil en los campamentos de Sabra y Shatila." Así que, la investigación arranca culpando a las F.L.F. haciéndolas responsables de la matanza, eludiendo la participación sionista en los hechos, y la participación también, de las fuerzas armadas leales a Israel procedentes del sur del Libáno de Saád Haddad, así pues, el resultado de la investigación era lo pronosticado, limitando la responsabilidad de los sionistas, tan solo por su negligencia y su mala estimación de la situación en aquellos momentos. Además, las publicaciones y los informes sionistas de entonces, mencionaron los nombres de responsables falangistas como Eli Hubaiqa, Fadi Efram y otros más, haciéndoles responsables de la planificación de la matanza, al dar órdenes para ejecutar operaciones de asesinato, limitando la responsabilidad de los líderes israelíes como Ariel Sharon y Amir Druri (jefe del área norte de operaciones del ejército israelí), a su participación en reuniones, donde se discutía la entrada de elementos de la falange a los dos campamentos, dentro del marco de una operación de participación falangista para dominar Beirut oeste.

A pesar del desconocimiento del número exacto de caídos en esta salvaje matanza, varios testigos, corresponsales, investigadores de toda índole, calculan el número de caídos entre varios cientos y algunos miles de víctimas. La cifra más baja la dio el fiscal general militar de entonces, el Sr. Asad Germanos, el cual indicó en su informe, que el número de víctimas alcanzó 470 personas, siendo la mayoría “guerrilleros varones”, habiendo entre ellos, israelíes, pakistaníes, argelinos, sirios, más los palestinos y libaneses, siendo el número de bajas palestinas 329 y 109 libaneses entre ellos 12 niños y 8 mujeres. El informe Germanos, en su día fue un escándalo de las autoridades libanesas a todas luces, para tratar de ocultar la magnitud del crimen cometido, pero y sin embargo, le convenía a la política del gobierno libanés de entonces, el cual estaba bajo el dominio total de Israel y sus aliados.

Se sabe que dicho informe, incluso se contradice completamente con las informaciones de la CIA y el Mosad, que hablaban de entre 800 a 1000 víctimas como resultado de la matanza, de todos modos, estas estimaciones reducen y mucho el número dado por testigos presenciales como, periodistas, trabajadores sanitarios, fotógrafos extranjeros y árabes y los supervivientes a la matanza que coincidieron en considerar el número de mártires, entre 2000 a 3000, siendo la tercera parte de ellos, libaneses que habitaban los alrededores del campamento en los barrios del Harash y Elbaalbakie, más otros mártires pobres de Egipto, Siria, Irán y Pakistán que vivían junto a los pobres libaneses, en las zonas cercanas al Hospital de Akka y el campamento de Shatila. Eran de los que se solidarizaron con los palestinos durante la revolución palestina, renunciando a abandonarla en los tiempos de la renegación.

Es sabido que la fosa común, conocida por la tumba de los mártires de Sabra y Shatila, situada al sur del campamento, no incluye los cuerpos de todos los mártires, sino de aquellos que sus asesinos, no tuvieron  tiempo de ocultar antes de ser descubiertos. Veintiséis años después de la masacre, sus imágenes horribles siguen vivas en la memoria de quienes vivieron la crueldad de aquellos días, y lo que guardan de relatos terroríficos. Familias enteras fueron exterminadas, mujeres embarazadas cuyos vientres fueron rajados, niños decapitados...

"Vi decenas de cadáveres en frente del refugio que hay cerca de mi casa, al principio pensé que el bombardeo acabó con ellos. El bombardeo comenzó después del asesinato de Bashir El Jemayel, estábamos en el campamento aterrorizados por la posibilidad de entrada de los falangistas para vengarse sobre nosotros, no pudimos dormir aquella noche." Así relató Maher Mereí (uno de los supervivientes de la masacre), describiendo lo sucedido la noche del dieciséis de septiembre de 1982, y siguió diciendo:

“Vi los cadáveres atados con cuerdas, y no entendía el porque, volví a casa para contarlo a mi familia, no se nos ocurría que era una masacre, ya que no oímos nada de tiros, recuerdo haber visto silenciadores tirados por ahí cerca de los cadáveres, no sabía la razón de su existencia por ahí tirados, hasta después de la masacre, luego me enteré que los silenciadores quedan inutilizables, al poco de ser usados. Nos quedamos en casa y no huimos, hasta que empezamos a presentir que algo horrible estaba ocurriendo en el campamento. Mi padre rehusaba dejar la casa, porque una vecina había venido a pasar la noche con nosotros, y era la primera vez que lo hacía, su marido era uno de los combatientes que tuvieron que abandonar Beirut en uno de los barcos, además, no tenía a nadie que le echara una mano, mi padre decía que no era correcto dejarla y partir, se llamaba Laila. Los cadáveres que vimos en frente del refugio, eran de hombres únicamente, así que pensamos que el refugio estaba lleno, por lo que los hombres optaron por salir, para dejar sitio a las mujeres y a los niños, muriendo a causa del bombardeo. Iba a buscar a una amiga de la familia que trabajaba con mi padre y que dormía en el refugio, tampoco tenía a nadie, se llamaba Maisar, su familia era de Tiro (Sour). Mi padre me mandó a buscarla para que pasara la noche con nosotros ella también, pero fue asesinada con las mujeres y los niños, vi su cadáver más tarde en el garaje de Abu Jamal, donde los falangistas amontonaban cientos de cuerpos, la escena era indescriptible.

“Cuando los sionistas entraron en Beirut oeste, pensamos que como máximo harían lo que hicieron en Tiro y Sidon, detenciones y demoliciones de casas. Recuerdo que en la mañana de ese día me fui con un grupo numeroso de mujeres y niños a traer el pan de la zona del Ouzaeí, nos fuimos caminando, tenía entonces catorce años. Escaseaba el pan y no teníamos nada para comer, los panaderos rechazaban vendérnoslo, limitando su venta a los libaneses a pesar de su abundancia. Al regresar al campamento, todas las entradas al mismo, estaban cerradas y los francotiradores sionistas adosados a la embajada de Kuwait, tiraban desde ahí hacia la entrada sur del campamento. Entre el cruce de esta entrada y el pozo de Hasan, había un grifo roto desde donde la gente se abastecía de agua, a pesar del tiroteo, vi como un soldado israelí de origen yemení, mataba a dos muchachas palestinas, cuyo delito era, haber regañado a un palestino, que estaba guiando al soldado hacia el camino por donde escapaba uno de los perseguidos, así lo contó la madre de las muchachas que estaba con ellas y huyó al empezar los disparos. La gente intentó retirar los cadáveres, entonces mataron a dos hombres que llevaban los cadáveres de las dos chicas. Fueron tiroteados por los francotiradores desde la embajada de Kuwait, poco después, la gente les arrastró con cuerdas. Aquel día vi a Ariel Sharon en un helicóptero frente a la embajada, presentí que era un gran jefe sionista, pero no sabía quien era, hasta que le vi por la televisión después de la divulgación de la noticia de la masacre.

“Por la tarde volvimos al campamento y las bengalas llenaban su cielo. Cuando conté a mi padre lo de los cadáveres, nos pidió mantener la calma y el silencio, nuestra familia se componía de doce miembros, seis chicos, cuatro chicas y mis padres. Mis hermanos mayores Ahmad y Mohammad estaban fuera de casa, los demás y nuestra vecina Laila, estábamos todos en casa. Por el alba, subió una de mis hermanas con Laila a la azotea para echar un vistazo a su casa, mi padre y yo empezamos a tener sueño, ya que pasamos la noche escuchando lo que ocurría fuera, y tratando de hacer callar a mi hermana pequeña que lloraba de vez en cuando, al rato vimos bajar a Laila y a mi hermana con miedo, porque unos milicianos les habían visto, poco después, empezaron a llamar a la puerta con violencia. Cuando les abrimos, nos insultaban, nos sacaron de casa y nos pusieron cara a la pared para matarnos, quisieron alejar a Laila y a mi hermana porque eran rubias, y pensaron que eran libanesas, pero Laila rechazó dejarnos y mi hermana gritaba extendiendo su mano queriendo acercarse a mi madre, tenía menos de dos años y todavía gateaba. Nuestro vecino Hasan El Shayeb intentaba escapar e hizo un ruido que les asustó y había un joven de la familia Almeqdad, que les perseguía y les disparaba, luego se escondía, se llamaba Yusef, le vi varias veces aquella noche. Creo que pensaron que el ruido procedía de él, así que, nos pidieron entrar en casa y a mi padre le pidieron su documentación, pero al dar la vuelta, empezaron a disparar a todos y las balas caían como la lluvia. Aun no sé como llegué al servicio y me escondí, camino hacia ahí, encontré a mi hermano pequeño Ismail, le cerré la boca y le arrastré conmigo.

“Ví desde el filo de la puerta como yacía toda mi familia en el suelo, excepto mi hermana pequeña, que gateaba hacia mi madre llorando, pero al alcanzarla, le dispararon en la cabeza esparciendo sus sesos por la habitación. Ismail y yo no nos movíamos, mantuvimos un silencio absoluto durante un buen rato, que ya no podía ni respirar, traté de tragar mi saliva para recuperar un poco mi aliento, pero tenía muchas dudas si debía hacerlo o no, porque solía hacer ruido al tragar mi saliva, y temía que me oyeran y que luego vinieran a matarnos. Efectivamente, al hacerlo, y por el silencio que dominaba la casa, se escuchó el ruido, pero no lo oyeron porque salían después de perpetrar su crimen. Sujeté la puerta con mucho cuidado, y empecé a abrirla muy despacio para que no produzca ningún sonido que les haga volver, pensé que podrían volver por mi a matarme, así que esperé algún tiempo hasta que me aseguré que no volvían, salí dejando a Ismail dentro del servicio y empecé a ver el estado de mi familia, mi madre, mis hermanas Nuhad y Suad simulaban estar muertas al creer que yo era un falangista, pero mi padre, cuatro de mis hermanos y Laila, estaban muertos todos.

“Mi madre y mis hermanas estaban heridas, pero a pesar de ello salimos todos menos Suad, que tuvo una lesión medular debido a las heridas de bala y no podía andar, salimos a pedir ayuda, sin saber lo que nos esperaba fuera ¡que ingenuos! Los que entraron en nuestra casa eran, una mezcla de falangistas y milicianos de Saad Haddad, supimos que eran del sur porque solo Saad Haddad tenía algunos musulmanes entre sus milicianos, y les oímos llamarse entre ellos con nombres musulmanes como Abbas y otro que se llamaba Mahmud.

“Después de salir de casa nos perdimos, me quedé con Ismail, pero nos perseguían e íbamos avisando a la gente de lo que estaba ocurriendo, muchos aún no sabían nada y tomaban el té en sus casas. Nos escondimos en un almacén de harinas, pero nos descubrieron, empezamos a correr y nos disparaban, Ismail que tan solo tenía ocho años se quedó atrás, volví por él, le sujeté de la mano, y cruzamos la calle huyendo. Al rato, encontramos un grupo de mujeres y niños que les hacían caminar en fila, hacia el estadio de la ciudad deportiva, donde se concentraban los israelíes, así que nos unimos a ellos.

Nuhad la hermana de Maher que entonces tenía quince años, y que ahora está casada y con seis hijos dice que ella llevaba a su hermana pequeña en sus brazos cuando los milicianos dispararon contra ellos:

 "No sé como se soltó de mis brazos, fue alcanzada por una bala en la cabeza, yo me caí al suelo herida, se fue gateando a buscar a mi madre gritando mamá..mamá.. Le dispararon en la cabeza y murió instantáneamente. Nuestra vecina Laila que estaba embarazada, fue alcanzada, rompió aguas, y murió. Simulé estar muerta y cuando salieron, traté de ver como estaban todos, mi madre me dijo échate y simula estar muerta puede que vuelvan, y le dije que no me importaba ¡Que vuelvan! Fue entonces cuando salió Maher y más tarde Ismail, pensaba que habían muerto, en cuanto le vi, me eché al suelo, y me dijo no tengas miedo, soy Maher. Mi madre y yo tratamos de ayudar a Suad a levantarse, pero no pudimos, se quedó paralítica, entonces les pedí a Maher y a Ismail que se fueran huyendo a toda prisa fuera del campamento, aunque nos perdamos.

“No teníamos dinero, nos habían robado todo el dinero que teníamos guardado, excepto el dinero que guardamos dentro de los pañales de mi hermana pequeña. Los milicianos hablaban el árabe, aunque algunos no hablaban nada, eran rubios con ojos azules. Cuando escapamos, perdimos a Maher y a Ismail, me quedé con mi madre a la espera de poder llegar al hospital Gaza, para pedir una ambulancia para Suad, íbamos de una casa a otra sangrando, muchos al principio, no creían que una matanza estaba teniendo lugar en el campamento, hasta que nos vieron cubiertas de sangre por las heridas. Llegamos al hospital y ahí encontramos a mis hermanos mayores Ahmad y Mohammad, en frente del edificio, la gente se concentraba a la entrada del hospital, gritaban y el horror les dominaba."

Cuenta Nuhad, que su hermana Suad que se había quedado en casa sola, dijo que los asesinos habían vuelto a la casa, le golpearon con un bidón de agua y le dispararon otra vez.

La masacre se detuvo el sábado dieciocho de septiembre, cientos de cadáveres que abarrotaban las calles y los callejones, yacían bajo toneladas de moscas, niños tirados por los caminos, mujeres y jóvenes habían sido violadas, algunas, seguían con vida y otras permanecían desnudas y maniatadas a sus camas o a los postes de electricidad, hombres que habían sufrido la amputación de sus órganos genitales, y que luego se los habían introducido en sus bocas, ancianos que no tuvieron la compasión de los criminales para dejarles marchar de este mundo en paz, aquellos que no perecieron en Palestina en la guerra de 1948, murieron asesinados en la masacre de 1982, embarazadas que fueron rajadas y sus fetos asesinados.

La fosa común donde fueron enterradas las víctimas, es hoy un vertedero donde existe un estanque de aguas de alcantarillado, impidiendo a los difuntos, incluso en su muerte, descansar en paz. En cuanto a los supervivientes, viven en unas circunstancias humanas y políticas insoportables, es la muerte lenta que les persigue desde el día de la masacre.

 

 
 
Fuente: Rebelión / 2002
Traductor: J. Halawa
 
 
 
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