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Los carniceros de Sabra y Shatila
Bea Esseddin
15 de septiembre 2015
 

Unos alemanes interesados en el tema, consiguen entrevistar y filmar (el documental, fue estrenado en 2004) a seis de los asesinos de Sabra y Shatila. Quienes por su parte dan todos los detalles morbosos de la matanza y las circunstancias que la rodearon, los detalles de cómo y dónde fueron entrenados para ella, y los nombres y apellidos de los que la planificaron, financiaron y dirigieron. Pero el crimen sigue impune. Parece que los jueces... no van al cine.

"Las mujeres salían. De muchas de las casas. Las mujeres tienen esta tendencia a sollozar mucho. Ellas creían que su griterío tendría algún efecto en nosotros. Las mujeres salían. Es por eso que más mujeres murieron en Sabra y Shatila. Ellas salían y gritaban. ¡Tengan piedad! y cosas como ésas. Una mujer haciendo eso era la primera en morir, luego su hijo, su padre, su marido, venían y morían sobre ella, luego su hija, su nieto, quien fuera… y así seguía, quien fuera que se mostrara era fusilado. No importaba la edad o la apariencia, si nos disparaban o no".
"Si ellos se resistían, venía una topadora y les tiraba la casa abajo. Aunque estuvieran adentro o no, vivos o muertos. Si salían afuera, los matábamos ahí. Estábamos allí para matarlos a todos".
[1]

Si hay algo para lo que un genocida no escatimará esfuerzos, es para cargar la responsabilidad de sus crímenes sobre sus víctimas. Pero, a renglón seguido nos hará saber, sin ruborizarse, que él tenía desde antes de entrar en la escena de su crimen, la decisión de cometerlo.

Escena tras escena, el documental "Massaker" muestra hombres -cuyos rostros permanecen en la penumbra y cuyos nombres no se revelan- hablando de sus actos sanguinarios sin que les tiemble la lengua, sin asco por sus crímenes y sin compasión por sus víctimas.

El mismo degollador que se jacta de haber torturado a un hombre indefenso, también relata que observó la violación y asesinato de una niña palestina y no se priva de aclarar: "No objetamos, nos reímos". Sin embargo, no se muestra tan insolente en la escena en la que relata su sorpresa y su vergüenza, durante su entrenamiento en Eilat, Israel, ante la oficial israelí que le da órdenes, desnuda, con una ametralladora alrededor del cuello. Es que para ser un asesino a sangre fría hay que ser primero un cobarde.

Minuto tras minuto, la mano de obra asesina de los palestinos y otros árabes residentes en los campamentos de Sabra y Shatila, se aviene a declarar ante las cámaras remarcando hasta el hartazgo en forma directa o indirecta, que cumplían órdenes. Cargando nuevamente la responsabilidad de sus crímenes sobre otros, en este caso: los líderes, los jefes, los oficiales, o como los llamen. Sin embargo, sus propios cobardes motivos aparecen, si los dejan hablar.

Insulto tras insulto, los hacedores de la masacre evitan detenerse en el pequeño gran detalle de sus prejuicios, sus supuestos, su ignorancia infinita, sus perversos motivos y su peligrosa ceguera ante la ignorancia, los supuestos y los perversos motivos de sus tan obedecidos líderes, jefes, oficiales, o como los llamen.

Suponen por ejemplo, que no están obligados a someterse a ley alguna. Que los derechos no son universales. Que la vida ajena vale menos que la propia. Que lo que merece obediencia es la simple orden de quien detenta el poder político, económico y/o militar.

Prejuzgan como inferior, peligroso, enemigo, depravado, sucio, maldito, a toda persona o grupo de personas, con quien no se identifican. Cualquiera sea la diferencia que detecten en esos otros despreciados a priori, descargarán su brutalidad contra ellos en aras de borrarlos de la faz de la tierra.

Palabra tras palabra, Massaker nos hace asistir al impiadoso espectáculo del discurso genocida. Discurso que es vehículo de burla y desprecio hacia los que se pretende marcar, para apartar, para despojar, para excluir, para exterminar.

La psicoanalista Helene Piralian afirma que un Genocidio es:

“(...) un crimen contra la humanidad, crimen de Estado, por lo tanto crimen colectivo (y no de guerra) que se sustenta en la negativa a reconocer a un grupo el derecho a la existencia, y a cuyos miembros en su totalidad se intenta exterminar, “hasta el último”. Proyecto que se premedita, se introduce y se ejecuta de una manera a la vez fría, organizada y planificada y que requiere para su concreción la participación de más de uno. A esto se agrega –y no es su aspecto menos importante- el acto de la negación, tanto con respecto a las víctimas como a los otros, los terceros, que no aparecen aquí más que como terceros excluidos” [2]

Sobre el último punto señalado por Piralian, es interesante recordar la leyenda que aparece al final del documental:

"Los números de muertos y desparecidos de Sabra y Shatila, no se conocen hasta hoy".

En efecto, el informe de la Comisión israelí "Kahan" -que hizo como que investigaba- se refiere a las víctimas como "unos 700 o más".

Sin embargo, las investigaciones palestinas, hechas a pulmón contra miles de inconvenientes y arriesgando la vida e integridad de quienes las emprendieron, establecieron un mínimo de 3.500.

Gran parte de la documentación de esas investigaciones -las únicas basadas en testimonios de sobrevivientes- han sido destruidas por las fuerzas israelíes en varios atentados en los que además, murieron varios activistas e investigadores. Lo cual confirma el acto de la negación y aquello de "hasta el último".

En cuanto a los sobrevivientes, Rosmary Saieg -que investigó la matanza- escribe:

"Visitar la zona hoy en día supone verse sorprendido por la total ausencia de mejoras. Por el contrario, lo que se encuentra es una comunidad agobiada por la desocupación, un hábitat degradado, unos servicios en decadencia y un futuro desconocido, es decir, una matanza por otros medios" [3].

Los carniceros de Sabra y Shatila, se encuentran en el nivel inferior de la cadena de los "más de uno" necesarios en la premeditación, planificación, organización y ejecución de un proyecto genocida.

Justo por encima de ellos, estaban Maroun Mashaalani y George Melko -dos de los varios jefes de las unidades asesinas-.

En el siguiente nivel estaba Elia Hobeika -con Saad Haddad y otros jefes de milicias.

Por sobre ellos: el líder Bashir Gemayyel y su clan.

En el nivel siguiente estaba nada menos que Ariel Sharon, Ministro de Defensa de Israel, comandante de la invasión a Líbano, autor del plan de la matanza, según se dice, junto con Hobeika -previo acuerdo con el clan Gemayyel- y que había comenzado su carrera genocida en 1942, a los 14 años, desde las filas de la Hagana. En 1948 dirigió una compañía de infantería en la Brigada Alexandroni, una de las seis antiguas brigadas de ataque de la Hagana, autora entre otras, de la masacre de Tantura. [4] Y en la década del '50 ascendió a comandante de la Unidad de Comando Especial "101", del Ejército Israelí -otra unidad asesina, como las que entraron en Sabra y Shatila, perpetradora de decenas de masacres contra aldeas y campamentos de refugiados palestinos. [5]

Sharon contó con la colaboración de varios generales y brigadieres israelíes en la organización y dirección de la operación genocida.

Por encima de todos ellos, estaba Menahem Begin, primer ministro israelí, autor él mismo de la masacre de Deir Yassin en 1948 cuando comandaba el Irgun.

El estado israelí, como refieren los entrevistados en Massaker, proveyó, financió y entrenó a los Kataeb -las Falanges libanesas-, además de planificar, organizar y dirigir la matanza.

Como se ve, no falta aquí ninguno de los elementos necesarios, señalados por Piralian, para definir la masacre de Sabra y Shatila como un acto genocida.

1. es un crimen contra la humanidad
2. es un crimen de Estado -el israelí-
3. es un crimen colectivo
4. niega el derecho a la existencia de un grupo determinado
5. intenta exterminar a todo el grupo, "hasta el último"
6. es premeditado, organizado, planificado y ejecutado por "más de uno"
7. niega a las víctimas y a los sobrevivientes.

Matanza tras matanza, bloqueo tras bloqueo, negación tras negación y silencio tras silencio, el genocidio del pueblo palestino se viene perpetrando sin cesar desde hace más de 67 años.

EL Consejo de Seguridad de Naciones Unidas condenó la masacre en su resolución 521, el 19 de septiembre de 1982 [6]. La resolución 37-123/D de la Asamblea General, el 16 de diciembre de 1982, calificó la masacre como un acto de genocidio [7]. Sin embargo, y a pesar de la gran cantidad de resoluciones anteriores al respecto, la ONU no hizo ningún movimiento para al menos intentar evitarla antes, ni para castigarla después.

Es que el opresor tiene tanques, aviones, armas nucleares. Tiene numerosos batallones de cobardes dispuestos a masticar niños. Tiene dominio sobre gobiernos y medios de comunicación. Tiene una red de espionaje a escala planetaria. Tiene argumentos y mentiras para falsear la historia, explotando hasta la náusea su fabricada fama de víctima y tratando de convertir al resistente en terrorista. Y cuenta también con la desvergüenza de la llamada "comunidad internacional", ONU incluida.

Lo que no tiene, ni puede robar, es propiedad indestructible de los que resisten: la voluntad, la dignidad, la paciencia, el amor y la memoria. Y una inagotable capacidad para luchar por la justicia.

 
Notas:
[1] Citas extraídas del documental MASSAKER (Monika Borgmann, Lokman Slim y Hermann Theissen/ 2004).
[2] Citado por Gabriel Sivinian en su trabajo "Palestina: El Genocidio Ignorado".
[3] Sayegh, R; Siete días de horror. De cómo las matanzas de Sabra y Chatila quedaron enterradas con las víctimas/ traducción de Pablo Carbajosa.
[4] Journal of Palestine Studies; The Tantura Massacre, 23-24 May 1948. Ver: La masacre de Tantura
[5] Abu Sitta, S; The Origins of Sharon’s Legacy. Ver: Los orígenes del legado de Sharon
[6] http://www.un.org/es/comun/docs/?symbol=S/RES/521%20(1982)
[7] http://www.un.org/es/comun/docs/?symbol=A/RES/37/123
 
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